Es aconsejable escribir, de vez en cuando, notitas o mensajes de agradecimiento a gente que de una u otra manera ha hecho nuestra vida mejor. Puede tratarse de algo súper importante (a tu madre, simplemente por haberte parido, o a alguien que te salvó la vida), o totalmente random (un buen comentario, alguien que te ayudó a lavar los trastes), pero vamos, mi abuelita me enseñó que no hay nada más feo que ser ingrato. Nadie quiere ir por la vida nadando en un amargo pozo de ingratitud, en especial quienes somos agnósticos/ateos y no acostumbramos dar gracias a las deidades, nos queda el recurso siempre muy lindo de dar gracias a otros seres humanos. Yo lo hago, aunque tal vez no con la frecuencia con que debería.
Pero hoy quiero dar un agradecimiento ligeramente distinto. Hoy voy a agradecerle a alguien que presumiblemente me detesta y que no va a querer saber de mí en todo lo largo de su larga vida, lo que es una lástima aunque no algo que me importe.
Tuve hace poco tiempo una maestra que había perdido algo de contacto con la realidad. Verán, hay gente que no está muy acostumbrada a que los demás sean amables con ellos, o bien le incomoda. Por eso, cuando alguien llega y es amable con ellos, delira. Se viaja bien lejos.
Y quiero darle las gracias porque me regaló una de las anécdotas más chidas y divertidas que he podido usar para entretener a mis amigos. Gracias a ella, ahora muchos de mis amigos y parientes cercanos piensan que tengo una vida novelesca, surrealista e interesante. Y yo realmente no siento que mi vida sea TAN interesante del todo (no al nivel de "¡pongámoslo en un libro!"), hasta que llegan las anécdotas que me regala la gente como ella.
Uno de mis mejores amigos ha dicho que mi vida debería ser televisada (viniendo de él, es un halago muy grande: se dedica a hacer cortometrajes), y es sólo gracias a anécdotas de éste tipo; cuando La Caudilla perdió su vuelo de Luton a Barcelona y ranteó divertidamente sobre ello, cuando La Caudilla se pierde en la zona roja de Ginebra y camina entre las prostitutas, cuando La Caudilla se pierde en un cuartito de limpieza del noveno piso del edificio nuevo del Tec, cuando La Caudilla fue admitida por accidente en un simposium de Filosofía (con su ponencia y todo), cuando angustiada acompaña a sus amigos al Conasida, cuando choca su coche contra un camión parado, cuando choca el coche de un amigo contra la barda de la Alameda (y contra la alcohólica realidad), cuando pasó la noche en la estación de trenes de Nottingham, cuando hizo sus fiestas clandestinas y se fue a Matehuala clandestinamente y en la carretera fue descubierta por su tía... Y ahora, plenty ténquiu, se le ha sumado: "cuando su maestra la corrió del curso de Danza porque pensó, o juró, que era lesbiana y quería con ella".
Sus indesperdiciables e-mails se quedan para siempre en los anales de mis archivos escritos, bajo el título de "El fantástico mundo de Sara". Gracias, Sara. En verdad gracias.
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